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TRES MIL VIAJES AL SUR, SEGÚN MARINA MACHUCA

marina-machucaQué, por qué, para quién, escribir Tres Mil Viajes al Sur. Esa es la primera pregunta que me planteo al terminar de leer esta novela.

Desde mi punto de vista, estos cuatro relatos que  la  componen, no  tratan de convertirse en una denuncia social a través de  la narración de las situaciones dramáticas que  se describen. Tampoco en un juicio moral, ni hace en ningún momento sentirse culpable al lector que, por el mero hecho de serlo, pudiera formar parte de un grupo  social- al menos aparentemente-privilegiado . Tampoco aparecen reivindicaciones, ni una reflexión u objeción dirigida a alguno de los personajes. Todo esto me parece un gran acierto.

Si tuviera que resaltar algo, es el gran amor hacia el ser humano que me transmite.

La trama, contada con un lenguaje sencillo y directo,  me atrapa-igual que sus novelas anteriores- desde el primer momento.

Me parece muy acertado que el auto, a pesar de ser testigo de lo que allí se narra,  actúa como “quitándose del medio”, sin estorbar,  dejando todo el protagonismo a las cuatro mujeres  que configuran las historia.

No existe un tono falso, ni pretende darnos una lección a nadie. No existe contraste entre las palabras que se escriben y la vida que se lleva. Es un testigo directo que se cuela en esas vidas, y simplemente nos las muestra.  Las retrata, como si el utensilio con el que vale fuese una cámara fotográfica.

Los personajes no son descritos como afortunados o no-parece una tontería esto que digo, al tratarse de unas vidas tan extremadamente duras-pero se nos presentan con la “normalidad” que realmente existe en sus vidas. Eso me parece de un mérito extraordinario.

Uno de sus grandes logros, es el  hecho de  dejar a cada lector  sacar sus propias conclusiones sobre esas vidas, dándoles una enorme libertad, sin manipularlos.

Para quién escribe: Puedo equivocarme, pero la sensación que tengo al leer la novela, es que el autor escribe para sí mismo. Me atrevería a asegurar que no piensa en ningún momento en el público, ni en su repercusión, tampoco en dar luz a unas vidas difíciles- que permanecen ignoradas a pesar de su cercanía-. No creo que esa sea la intención, aunque indirectamente se consiga.

Creo percibir un compromiso íntimo, ese compromiso que surge ante la necesitad de ponerle palabras a lo que uno siente al vivir determinadas situaciones. Percibir esto me acerca mucho más a la historia.

El lenguaje utilizado es un lenguaje falto de artificios, pulido hasta dejar justo lo necesario. Considero que conocer ese límite es  demostrar un gran respeto hacia el lector.

Hay arte en su literatura, porque describe las situaciones tal y como son, sin más.

Será por eso por lo que, desde que la leí la primera vez, veo miles de Josefas, Albertas , Blessing o Esperanzas, en mi vida; simplemente, porque son reales y, en  cierto modo,  su lectura ha conseguido hacerme más humana, al contribuir mirarlas con otra mirada. Ese es otro de sus grandes logros.

Me ha llamado mucho la atención la universalidad de sus historias. Está representada cualquier persona que aspira a vivir una vida mejor, o a huir de sus miedos; están representados esos momentos de “no poder más”, o la necesidad de cada cual a sentirse valorado, amado, o de que su vida tenga un sentido.

En cada una de las historias, hay un viaje al sur, que es un viaje de ida y vuelta. Porque en ambas partes del viaje hay miles de coincidencias

Uno de lo que más me ha gustado de Tres Mil Viajes  es el hecho de que haya un planteamiento soterrado sobre cada situación que se describe:- ¿qué harías?, parece decirnos, al tiempo de un : ¡Ahora ya lo sabes!

Tengo la sensación, de que  junto con el dilema,  se dan pistas a posibles soluciones. Estas pistas salen siempre del diálogo de los propios protagonistas de las historias: quizás Josefa no habría tomado esa decisión final si siguiera viviendo acompañada como lo hacía en “las casas corrales”, o el nieto de Alberta estaba creciendo rodeado de amor, de generosidad, honestidad…valores más importantes para afrontar su futuro que  un colegio fuera del muro; o Esperanza, cuando nos hace reconocer que no podemos huir de nosotros mismos….

Pero no voy a ser yo quien hable de  soluciones, dejemos que ellos, los protagonistas-como ha hecho el autor- sean libres de decidir sobre su destino.

Solo puedo aprovechar la lectura de  Tres Mil Viajes a Sur, para darle  un poco más de luz a mi vida.

Y esto lo  consigue esta novela, al poner en foco en la sombra que ahora mismo es el sur, para que se vea y  también para SE VEAN.

Tres Mil Viajes al Sur es esa bombilla que se repone en un barrio falto de ellas, ojalá que el halo de su luz invite a que otras bombillas se enciendan.

ANTONIO REAL Y TRES MIL VIAJES AL SUR

antonio-real  Antonio Real, admirado escritor y amigo, escribe un emocionante texto sobre Tres mil viajes al sur que transcribo. Si quieres saber más sobre Antonio y su obra, puedes ver los desternillantes videos de Pablo Jondo en youtube, y comprobar lo que este científico opina sobre él

Querido Manuel, aunque sabes que mi intención era estar el próximo lunes contigo y con todos los asistentes a vuestra entrañable y vivísima tertulia de “El caldero”, compromisos profesionales me obligan a estar en Valencia. En las ocasiones en que he estado, siempre me he sentido en vuestra tertulia como si fuese un miembro más de ella, y eso se debe sin duda a la inmensa calidad humana de tod@s l@s personas que formáis parte de ella. Mi contrariedad por no poder asistir en esta ocasión es mayor porque conversaréis –bonito verbo− sobre un libro y un autor por los que siento debilidad como lector. Y esta debilidad mía, no es una efusión injustificada o parcial de afecto sino un justo reconocimiento a una persona que admiro por muchas razones y a una obra que se está construyendo a golpe de tesón y corazón. Este pasado verano, Manuel, leí tus Tres mil viajes al sur. Intentaré a continuación describir algunas de las sensaciones y reflexiones que su lectura me produjo. Lo primero que te quería decir, o mejor recordarte puesto que ya te lo dije en un par de ocasiones, es que, literariamente hablando, me declaro alérgico al realismo social. Las razones profundas de esta intolerancia no vienen al caso aquí pero, como explicación sucinta, baste con reconocer que su etiología está en un exceso de consumo en cierta etapa de mi vida. Pero por favor, no me tomes en serio, ya sabes que tengo cierta guasa como tú. Y también, como tú, soy poco de géneros –eso me dijiste el otro día en la Fundación Cruzcampo−. Tu literatura no es social en el sentido “ideológico” que lastra mi desdén hacia ella, sino benditamente social en el sentido de aunar maravillosamente vida y literatura. En estas cuatro nouvelles que componen tu libro, la sangre de la vida corre por las venas de la literatura con tanta armonía que forman un sistema circulatorio perfecto y bello. Los cuatro relatos están perfectamente vertebrados en la unidad del libro. No sólo son pertinentes y sustentan el conjunto sino que sus trazados justifican el único verdadero viaje del libro: el de descenso a los infiernos del mundo. Un infierno que puede estar en un barrio de Sevilla, en Alepo o en cualquier lugar del Mediterráneo o África. El inframundo está muy bien comunicado con la superficie bonita de la Tierra y, a través de sus agujeros negros, todos podemos caer en él. De esta forma, los relatos no están bien vertebrados porque algunos de sus personajes se cuelen en otros sino porque, en paralelo y de manera eficaz, construyen el destino/tema de la novela: ese sur sinónimo de infierno que existe en cualquier parte del mundo aunque nuestro egoísmo, o nuestros mecanismos de defensa, nos impongan la ceguera y el olvido. Afortunadamente también está la esperanza, ese green hole que aparecía en uno de mis relatos, ¿recuerdas?, y que por suerte también aparece en tu libro. Intentaré recordar y destacar brevemente lo que más me gustó o emocionó de cada una de tus nouvelles. Con JOSEFA reviví mi amor de hijo de ferroviarios por los trenes. También esos olores a jazmín, a azahar o a dama de noche tan omnipresentes en otros tiempos en muchos barrios de Sevilla. Recordé la grata sensación que sentía de niño, sintiéndome amparado en un hogar seguro, cuando oía a mis padres referir el drama de personas desahuciadas de sus ruinosas casas en el centro de Sevilla y alojadas en los barracones que antes, presos políticos de la Guerra Civil, habían ocupado en La Corchuela. La curiosidad sociológica de mi padre hizo que visitara con él aquel lugar y yo, que no he visitado ningún campo de concentración, guardo en mi recuerdo la imagen infantil de que La Corchuela debía ser lo más parecido a aquello. También recordé la destrucción masiva que la droga ocasionó entre los jóvenes de los ochenta y sus efectos colaterales en forma de pobreza, marginación y degradación de barrios enteros como las Tres Mil. Si a todo esto añadimos un sistema educativo incapaz de motivar y retener en sus aulas a muchos de sus alumnos y una sociedad donde el consumo y lo que posees –sea dinero, tetas o préstamos para pagarlas− se erige como valor supremo, en esos infiernos de sur, sólo pueden vivir heroínas como Josefa. Pero incluso héroes como Aquiles tienen su talón y, a Josefa, la vida no paró de joderle los talones. Talones en forma de hostias físicas y morales que fueron minando su valor, su energía y su fe hasta decidir que era momento de no perder el último tren que se le presentaba en la vida. Una vida llena de trenes imaginarios y reales que había dejado pasar. Pero éste no lo iba a dejar escapar nuestra heroína: sólo podría llevarla a lugares más apacibles y menos crueles que por los que discurrió su vida. ¡Anda, Josefa, tira p´alante y no te preocupes por el pan, que yo se lo pago a la panadera!. Un buen libro no sólo enseña cosas: genera nuevas sensaciones o remueve recuerdos. Eso es lo que el relato de JOSEFA produjo en mí: evocó recuerdos de un tiempo y una Sevilla de los que, afortunadamente, algunos salimos indemnes. Por eso doy gracias a la vida. Y creo que ese es una de los valores de este relato: ayudarnos a no ser ingratos al constatar la frágil línea que separa el infierno del paraíso. oooooOooooo El relato de ALBERTA, la abuela coraje, personifica para mí la voluntad en un doble sentido. La voluntad de una abuela que, a pesar de sus limitaciones culturales está convencida de que su nieto tiene que estudiar para poder salir del barrio y la voluntad de un nieto que, a pesar de las penurias de su familia y el nada propicio entorno para el deber de estudiar, lo cumple de manera ejemplar. También está lleno de dignidad, de esa dignidad verdadera que tan poco luce a la gente humilde y que tanto deslumbra en los poderosos, aunque en este caso se trate generalmente de mera circunspección. Hay dignidad en esa abuela que pide limosna en la iglesia y en ese nieto que, sin desatender sus estudios, ayuda a su padre a recoger chatarra. Y hay una inmensa generosidad entre ellos para repartirse, aunque sólo sean afectos, lo poco que tienen. Pero también hay egoísmo, ese egoísmo social tan bien personificado en el onanista director de instituto que no quiere complicaciones futuras y al que le sobran preocupaciones presentes. Es un tipo carente de empatía que no está dispuesto a mover un dedo para dar una oportunidad a un chico gitano porque le preocupan los futuros escenarios que puedan darse si lo admite. Y, naturalmente, le preocupa más su fenecido matrimonio. Un tipo tan egoísta que, por quitarse de en medio a Alberta para que no perturbe su rutina de trabajo, es capaz de infundirle falsas esperanzas diciéndole que consultará con las autoridades educativas cuando sabe que jamás lo hará. oooooOooooo El relato de BLESSING representa la paradoja: alguien que huye del infierno, atravesando un infierno para poder llegar a otro infierno. Este infierno destino no sólo es metafórico, es térmicamente real porque ella vive en la última planta del edificio y no acaba de acostumbrarse al sofocante calor local. Pero aunque los blanquitos europeos que tuvimos la suerte, la casualidad, de nacer aquí no valoremos casi nada de lo que tenemos, Blessing sí. Ella aprendió a un precio muy alto que, hasta en cuestiones de infiernos, hay jerarquías. Por eso, en vez de ponerse a llorar por las esquinas como un lacrimoso europeo, piensa que, aunque su vida no tenga que ver con la que soñó, es mejor que la de antes y da por bueno lo sufrido. Por eso detesta ser negativa, y aquí también hay paradoja: los acomodados europeos nos hundimos ante cualquier contrariedad; los esforzados héroes que recorren miles de kilómetros de horror y muerte para llegar a Europa, deberían donarnos parte de su superávit de endorfinas. Hay también paradoja entre nuestros prejuicios y la realidad: mientras en el relato anterior un funcionario-educativo se desentiende del caso que le plantea Alberta, en éste, la empatía aflora en una funcionaria-policial. No siempre los “buenos” y los “malos” están en los sitios que creemos y Blessing aprende esto porque de niña evitaba a los policías y ahora le toca guardar el secreto a una policía que le recarga el móvil. Y, siguiendo con las paradojas, la que surge tras el encuentro de Blessing con Mercy. Cuando Blessing se decide a emprender un “nuevo viaje de terror”, en este caso sentimental, al barrio donde vive Mercy para averiguar si su marido la engaña con ésta, no sólo comprueba que está equivocada sino que encuentra a una mujer generosa que empatiza con ella por la sencilla razón de que, como ella, vivió el mismo horror hasta llegar al paraíso. Y, como Blessing, también Mercy se siente afortunada a pesar de haberle costado tres años la travesía del espanto. Por eso su rivalidad inicial, paradójicamente, se convierte en incipiente amistad. Y una última paradoja. Ese niño del relato anterior, Sebas, que infundía tantos ominosos escenarios a un director de instituto egoísta y prejuicioso, es el que socorre a Lucky tras su desmayo y, además, no le roba su bicicleta, se la guarda. oooooOooooo Y con Esperanza llega una tímida esperanza. Una esperanza sui géneris que sólo puede engendrarse en los infiernos del sur pero, al cabo, esperanza. Es una esperanza comedida, cautiva de las nuevas circunstancias que condicionan el futuro del barrio. Sofía y Esperanza lo saben. La generación de sus padres inculcó a sus hijos que, si querían progresar, tendrían que estudiar. Eso cambió y ahora sólo algunos héroes como Sebas y su abuela saben que es el único camino, la última esperanza. La nueva generación de padres carece de autoridad y sus hijos desertaron de la escuela buscando el dinero fácil de la construcción que, cuando cayó, los arrastró con ella. Ahora malviven hacinados en las casas a costa de la pensiones de los abuelos. Quizás en ellos, en ellas, es donde mejor se personifica aún la esperanza, aunque solo sea en el humilde plato de garbanzos con alcauciles de la madre de Tonete. La esperanza, a pesar de ser lo único que nos queda, no está de moda en ninguna parte, menos todavía en el sur infernal. Se va achicando como los territorios que Sofía recuerda haber defendido: primero defendieron el barrio, luego la plazoleta y ahora sólo aspiran a salvar su casa. La esperanza vive atrincherada aquí, pero no se rinde. No se rinde mientras haya gente como Sofía, mientras un autobús entre y salga del barrio, mientras haya Sebas y profesoras dispuestas a pagarle sus estudios de veterinaria, mientras haya abuelas, y mientras haya heroínas de verdad, no de esas que salen en las películas ni esa otra, la peor, que corriendo por las venas de muchos del barrio, lo convirtió en un infierno. También hay esperanza en la lucidez de Sofía, sin la cual sólo cabe el recurso a la palabrería y la hipocresía, éstas sí muy de moda hoy. Y aunque no hay esperanza de que renazca el amor perdido que se profesaron esas dos valientes mujeres −cada una a su manera−, una nueva comprensión y respeto nace entre ellas. Mientras que haya luz en ese barrio, esa luz que revive Esperanza y que ilumina a algunos de sus maravillosos habitantes, existirá en él la belleza que ella descubre. Para ir acabando, Manuel, decirte que tu libro encierra la Sevilla eterna y dual. Esa Sevilla universal y provinciana, alegre y melancólica, severa y casquivana, lúcida a veces y a veces falsamente profunda, estrepitosa casi siempre y muda cuando debiera gritar. Me ha gustado cómo has estructurado tus cuatro relatos, todos pertinentes por cuanto encarnan, no sólo cuatro tipos de mujer, sino distintas visiones del inframundo. Me parece adecuada y original esa simetría de voces/relatos –Josefa en primera persona, Alberta en tercera, Blessing en tercera y Esperanza en primera−. Este enfoque, además de proporcionar puntos de vista literarios distintos que enriquecen la narración, le aporta mucho ritmo. Me gusta el lenguaje que utilizas por estar medido y resultar verosímil a cada una de las voces narrativas, al pensamiento de cada personaje. Un lenguaje limpio y sencillo que, como sabes, es el más difícil de escribir. En cuanto al vocabulario, alguna palabra que rescatas −transfullería− me parece deliciosa y un ejercicio de arqueología léxico-sentimental. ¡Enhorabuena querido Manuel, has escrito un gran libro!. Y yo, aunque se me hayan humedecido los ojos más de una vez, he disfrutado mucho leyéndolo.

© Antonio Real | 10-10-2016