SOBRE TRES MIL VIAJES AL SUR

La antropóloga residente en la Universidad de Amsterdam Martha Milena Silva Castro analiza la novela desde una perspectiva social y científica:

MARTHA MILENA SILVA CASTRO

Con una retórica andaluza, Manuel
Machuca González nos presenta cuatro relatos entrelazados que hablan sobre
cuatro mujeres, reflejo y espejo de la vida social en un Sur particular. Acompañado
de unas hermosas poesías de Anabel Caride, Machuca utiliza metáforas de viajes
y desplazamientos para describir itinerarios y trayectorias femeninas entre la
vida misma. Estas vivencias tienen en común un barrio, una representación de
habitar un lugar. En cuatro relatos divididos en monólogos dialogantes con otros
personajes, el autor nos cuenta cuatro historias. Algunas que datan infancias
enmarcadas en la Sevilla de los corrales de vecinos, inquilinatos como en
Colombia o en cortiços como en el
Brasil de antaño, que fueron destruidos por la urbanización actual y que marcaron
el inicio de un proceso de exclusión social en las ciudades de nuestros días.
Lo que sucedió, esa transformación de la idea de lugar para habitar, hoy se refleja
en ciudades excluyentes donde unas mujeres hijas de mujeres, madres de nuevos
ciudadanos y nuevas ciudadanas, se convertían en habitantes excluidas por las
propias fuerzas de la asimetría cultural. Mujeres  relegadas a espacios, casi guetificados para
que nadie se “mezclara” con su mundo cultural. Espacios en ciudades que son una
forma geométrica para los demógrafos, y que para sus pobladoras dan forma al
convivir en este mundo. Sociedades en ciudades que discriminan a mujeres
propias y a mujeres ajenas.

Dis-gustos,
mal-estares, comunes de cuatro relatos que impregnan de reflexiones cuatro
historias que parecen de cualquiera pero que no nos dejan indiferentes porque
todos tenemos formas comunes de disgustar, de malestar y por supuesto de
conmovernos. Desde luego, en estos cuatro relatos hay más que unas historias
conmovedoras. Entre símbolos navegando como delfines y narrativas sobre
aspiraciones e infortunios, el autor presenta varias realidades y diversas
identidades que se juntan como en un caleidoscopio para crear nuevas luces y
otras formas de ver la exclusión social. Asimismo, echando mano de sus
múltiples identidades, Machuca nos crea un escenario, también caleidoscópico, con
muchas luces distintas para observar la dureza con la cual la sociedad ha excluido
a las más vulnerables. Situaciones que paradójicamente las hacen más fuertes y
que han templado sus espíritus a golpe de la denominada violencia estructural.
Lo interesante de estos relatos de Machuca es que consigue traer a una
comprensión lega cuestiones complejas de la exclusión social. Logra tocar los
corazones de lectores profanos que desde nuestro cómodo sillón de lectura,
olvidamos lo difícil que es el simple vivir para unas pocas por la indolencia
de muchos otros. También nos recuerda cómo el tejido social brinda la red para
protegernos de las caídas ante la adversidad. Como los de al lado, los vecinos,
son familia, son iguales, son Esperanza.

Con relatos
sobre mujeres reales o mujeres de ficción, límites admirablemente borrados por
el autor, Machuca nos transmite nuevos significados en clave literaria sobre
los determinantes sociales que están detrás del fracaso de muchas de nuestras
ciudades en cuestiones de cohesión social.  Creemos que los pobres “no levantan cabeza”, y
al final estos estereotipos son otra forma más sutil y elegante de culpabilizar
al que no logra triunfar ni integrarse en la sociedad. Como si fuera su culpa,
y no de la sociedad, la de convertirles en marginales. Des-alojar, despojar a
las personas de su vida social no es solo sacarlos de sus casas, de sus barrios,
de sus escuelas, quitarles oportunidades o simplificar la migración como si
fuera capricho de aquellas otras que vienen a buscar un lugar en la Europa de
los blancos, de los masters.  Aún perdonándole a Europa aquella colonización
causante de su ruina actual, los migrantes siguen sacrificando sus propias
vidas siguiendo el derecho legítimo de cualquier ser humano de aspirar a un
futuro mejor. Un hogar apela a la dignidad, al hecho de estar decorosamente en
el mundo, a educarse, a curarse, a progresar. 
Por cosas como un trabajo digno, una educación decente, una salud
merecida se hacen tres mil viajes al norte si hace falta. Por esto, a través del
dialogo de historias de otras personas con las historias de cuatro mujeres del
Sur, Machuca desmonta esa idea de que los blancos buenos son los salvadores de
los negros pobres, y más bien presenta unas historias reflexivas sobre vidas
significativas, dando importancia a las causas del malestar social. Concibe
unas historias menos asimétricas y más equilibradas en tanto que permite que
emerja el punto de vista de ellas, de Josefa, Alberta, Blessing y Esperanza. En
estos relatos genera un espacio literario para voces acalladas por la marginalidad.

Más allá de
visibilizar la realidad de la segregación en las comunidades, Manuel Machuca también
pone evidencia las incoherencias y las vulnerabilidades de los que se implican
con ellas cuatro como sus benefactores, o por lo menos, como interpeladores de
sus narraciones. Por este motivo, este libro también es útil para lectores
profesionales como maestros, trabajadores sociales, psicólogos, antropólogos, profesionales
sanitarios, porque nos trae una resignificación literaria de los problemas que
día a día enfrentamos con nuestros alumnos, pacientes, informantes, sujetos de
nuestras acciones intelectuales. Precisamente porque Machuca resignifica su
propia postura profesional y se reubica en la prosa literaria para comunicar
sus agudas observaciones y explicaciones sobre como los problemas sociales lastiman,
enferman y hasta quitan la vida a la gente que sufre. Detrás de esos relatos descriptivos
hay claves, casi etnográficas, de historias de vida en donde emerge lo cultural
en lo cotidiano. Cotidianidad plagada de desigualdad e injusticia social, para
todos y por todos. Vidas cotidianas que transcurren en un lugar, que no por
casualidad está en alguna parte del Sur.

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